Palabras a la niñez

dsc_0265dsc_0356-copiaEn las brasas ardientes abandoné pasos diminutos de los universos y una estela. Estela borrosa por la incertidumbre. Quejumbrosa en su impedimento por moverse, en su aparente remoto, no menos valioso que el resultado de las próximas explosiones memoriales. Inconforme evité las noches de canto por la falta de variaciones,  de cambios.

dsc_0360-2dsc_0357Caminé sin escapatoria bajo las cándidas desapariciones terrenales: las estrellas ocultas ante los ojos mortales.  Me dejé llevar con el asombro que se producía en mis entrañas, al vislumbrar, con poquedad, el niño que bajó al escondite tras la pelota roja y por falta de nostalgia, no logró emerger de nuevo junto a la podredumbre. Recordé.

Se escuchaba su risa, pam… pam… pam… que latía, latía cada vez con mayor lentitud y  las voces, atrapadas en los recónditos pasajes de lo ocurrido, con violenta angustia, con desacierto por el incontrolable fuego que todo lo arrasa. Angustia por no poder retornarlo al único sitio, por más fatalidad, deterioro y alteración,  donde se obliga a respirar. Frente a la defunción de la quimera, pequeña en su niñez, sin pensar en los daños que le haría a mi cuerpo, los padecimientos mentales y la agonía por quedar en medio de la nada, decidí, en un impulso por salvar lo que consideraba necesario para volver con vida al regazo del árbol, a las hazañas mágicas de mi alucinación, hacer el esfuerzo por regresar al indómito espacio, única luz,  en el cual podría soñar. Bajé las escaleras en espiral. Sin retorno.

Corrí con todas mis fuerzas mientras, con cada toque, el camino desaparecía y los despojos a mi memoria, por lo dificultoso de alcanzar la inocencia, jugar con los demonios maltrechos, dar justa medida al dolor; se desprendía, hacia el cielo, en forma de humo. Aturdido por los alaridos cada vez más fuertes de mi niño interior, respuesta natural a la consumación del ocaso infernal, el paso del tiempo en los recuerdos, la marca imborrable al exilio; me acerqué al precipicio. Asustado salté.

Al fin, en la contrariedad de lo insondable, lo vi sin energía. Descomponiéndose en el danzar con la muerte muerta, sin ganas de jugar con su pelota. Con desasosiego y una sensación de movimientos interminables, sin dirección, con un espesor de niebla que secaba mi piel, tuve la sensación de caer. Mareo. Sin cuerpo. Desfallecidos. Gritamos en remolinos. Removimos las púas estáticas. Gritamos tan fuerte que el fuego se detuvo. En ese momento nos asemejábamos a dos rescoldos. Las cenizas eran nuestra imposibilidad de regresar con vida al pasado. Al final, como es costumbre, sucumbimos por nuestro entorpecimiento de reponernos en la desolación. Le rocé las carnes desprendidas, en destiempo, fuera de nuestro lugar de origen. En un gesto por disculparme de haberlo abandonado. En la nada.

A punto de desaparecer, nuestra aliada, la más pura y lejana, regresó como la última ola, siempre, en su repetición después de la tormenta. La creíamos tan minúscula e insignificante. Al contrario de las leyes convencionales, fuera de las creencias más fatalistas, nuestra esperanza regresó. Segunda oportunidad.

Yo, en un delirio por regresar con mis fantasías, sentí de nuevo el impulso suficiente para salvar de la muerte a mi niño interior. Lo agarré, deforme, bajo un rostro irreconocible, sin boca o lugar por el cual comunicar, resultado de las graves quemaduras de la vela en su altar divino. Levanté sus restos de mis restos, con melancolía por vernos en el espejismo, esperanza infantil, de salvarnos del dolor. Sin saber sobre la permanencia de su órgano resonante; perceptor de choques armoniosos, en la casualidad de hacernos entender, le dije a su escucha: siempre juntos. Pavoridos por la falta de posibilidad de regresar, afuera, a la realidad, por la incapacidad de estar en plena caída, uno a uno subimos al mundo por los escalones en espiral, infinitos. En esas aún estamos y estaremos hasta, esta vez, al rugir de la corta duración, el verdadero fin de nuestras esperanzas.

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Equívocos.
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