Azul taraxacum*

 

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La muerte volaba sobre el límite, sorbo del lapso o la vorágine eterna, sentido de sombras, figuras deformes, asustadizas por la escasez de luz y el saqueo de la belleza. La muerte o el final, con sus alas del espacio y un tamaño desproporcional, desprendía de su forma a quien la atravesara.

En ese instante, la muerte, por mandato de la sabiduría ancestral; el vasto destello, chispazo o descarga de energía y una intuición, mudó su recubrimiento para dejarlo yacer en la tierra. Al elevarse junto al sol, sus plumas, tintes del arcoíris, gamas de la esperanza, desencadenaron efectos del primer corazón y el latido se disipó con ritmos; uno, dos, cuatro y tres. Raíz, venas subterráneas, arterias del espectro interior. Cuatro, uno, dos, tres. Sangre, manchas de la exhalación espiritual, ríos íntimos. Dos, tres, uno y cuatro. Respiros. Céfiros del pasado, soplo de las ánimas. Cuatro, tres, dos y uno. Rayo. Llamarada afónica, titubeo de la seducción y la hoguera del inicio. Pá     pa     pá    pa. Sentidos que cayeron a la tierra y sembraron, por primera vez, los indicios de duración. La muerte, ahora sin alas, descendió.

La muerte o el final, con los inaugurales extravíos de sus fuerzas, empezó a balancearse. Al rozar cualquier esquina de la coalición: escamas de los primeros tiempos. Lúgubres miradas del movimiento; puntos de fuga o  posibilidades o la existencia. Ruido al verter memoria y el calmo silencio al componerse de olvido y el nunca y el todo y el sobrevivirá. Dio rumbo al abandono, a lo ínfimo en su expresión de la grandeza, a los absurdos en el frenesí de la velocidad, en intervalos de lo perpetuo.

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En el horizonte surgió la vida. Y lo que fue garabatos, rasgos, alaridos en contra del eco, sin cueva o espacio para permanecer, entre los siglos de los siglos en el desperdicio de la falta de creación; se vertió en la fragilidad de la figura, el cuerpo, las formas y la repercusión de los flujos, las olas y su repetición. La orgía y su prisión. El vicio a la adicción. La manía de volver indomable todo interior. Lágrimas en su sequía. Tormento en su ambición. Evasión del orden y caos en su resplandor. Caos: desorden, ambigüedad con los ojos cerrados, mariposas levantándose para revolver las fauces con incertidumbre y hacer de los días novedad y hacer de los años distancia y hacer del tiempo el seductor.

La muerte o el final, desparramada por la explosión, cambiaría al intentar observar lo visible, agarrar lo palpable, besar la caricia. Alcanzarse en su amor, en el efecto de resurgir y dejar brotar sus miembros. Por el sacrificio, uno, uno nada más, para dejar la soledad y empezar a percibir apariciones distintas a las propias, darle valor a la ramificación inestable de lo sensible, descendió a la oscuridad.

Allí, al intentar suspirar sus adentros, el infinito ya no estaba cerca. Al intentar suspirar sus afueras, los límites se habían extendido, lejos, muy lejos de su alcance. Frágil, se transformó en opuesto, en trance, en martirio de la destrucción. Arrepentida, y sin saber su tarea por el equilibrio, decidió luchar en cada instante hasta volver a sentirse, sí, sentirse viva. La muerte fue final. El final de cada instante, el aniquilamiento de las huellas, la corriente del crimen perpetuo: componente de asesinos. Parió las cenizas del surgimiento y se quedó con la tarea de la destrucción. De carcomerse a sí misma cada que otro sacrificio de sus fuerzas, quisiera, a pesar de la dificultad, existir en constante estado de violencia. Del asesinato como única opción para el nacimiento.

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Y nació, con la vida y gracias al sacrificio de la muerte, lo mortal.

Y en el lapso entre tiempo y espacio, único lugar de las posibilidades donde los sueños que sueñan sueños, se hacen realidad… Habitarían seres, seres humanos, con anhelos bajo las pizcas de magia. Donde por una mirada cómplice, un gemido de placer, una sonrisa, abrazo a las fuerzas, roce o esplendor de la angustia, les ayudarían a soportar  su rumbo continuo a la desaparición en medio de la ceguera.  Al dolor, la atrocidad, las injusticias; la guerra, las balas, la descomposición; la mezquindad, el hurto, la desilusión; al odio, al odio por verse a sí mismos en el espejo. En el espejo de un poema tan antiguo como la soledad de la muerte, su última canción.

Y el amor, cruel caníbal, hijo de la muerte y la vida, sería lo único al alcance de los hombres en estado inmortal. Y los besos, su única entrada. El amor, entonces, sería la salvación de los recuerdos,  la memoria en el vacío; en el no hay más.

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Nota del autor: ninguna fotografía es montaje análogo o digital. Ni tampoco producto de doble exposición.

*Azul taraxacum: tonalidad azul perteneciente al punto en el que se encuentran los exiliados. Hijos de la guerra de los días, de la violencia del mundo. Color de la esperanza y el amor sincero. Del cielo al inicio del amanecer y al final del atardecer. Del instante preciso del cambio. La explosión dual entre la vida y la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

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