El último cadá-ver

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Al intentar separar su cuerpo, moverse unos milímetros para cicatrizar las quemaduras, el lodo candente, suelo de volcán o las llamas del infierno, en forma de humo elevó el sufrimiento. Olor fétido de un cuerpo, organismo sutil desfallecido o el ataúd físico de la aurora. El cajón para las cenizas del arco en el iris de tus ojos enamorados, pudriéndose. Espacio ambientado por la sinfonía de las moscas con carne viva en sus patas y los gusanos retorcidos, semejantes a tripas expulsando sobras, las sobras del grito recién nacido buscando oxígeno. Y las alas.

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Alas para intentar escapar, hacer del intento la salvación por abrirse paso entre la inmundicia, volar como los graznidos y hacer del viento una mariposa inconsistencia. Un juego de levedad. Una exploración del amor. Una ilusión por consumirse los pasos del aliento cada madrugada, inhalarlos, devolver las palabras, tú nombre y despertar. Abrir los ojos para arrullar en la pupila las alas calcinadas de una mosca, que tampoco se salvó, a pesar de alimentarse con mierda: prófugo estado final del cambio que inició. De la vida prometida. Y escuchar un laaargo amén. Y suspiros. Y sonidos que traspasaron el afuera a la posibilidad. Y lágrimas caer. Y vestidos negros para acoger la tristeza y respetarla. Y silencio absoluto como respuesta, en medio de un campo indigesto de pasto, con flores amarillas internadas en un bosque de álamos; nidos de pájaro, algunas hojas abatidas y otras robadas por el viento, en un camino rocoso cobijado por robles, que conducen la vista al montón de ánimas al margen del infeliz festejo.

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Encadenado a los confines de la nada, con el canto siniestro que lo balanceaba entre lugares como si de un columpio se tratara, entre las estrellas que nunca pararon el titileo y la fugaz que concede deseos, comenzó el baile al soltar cada partícula de memoria y traspasar  campos de flores con pétalos sin raíz. Mareado se adentró en su vida,  recordó, sí recordó su pasado. Un fragmento, una parte, una partícula de polvo. Cuando su madre le dijo que no le temiera a dormir solo, que los monstruos son imaginarios y los osos de peluche acompañan tu soledad. Que apagaré la luz del cuarto para que descanses y duermas en dulces sueños. Que mañana te traeré uno de tus dulces favoritos. Que iremos al parque y comerás helado.

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El farol volvió a iluminar parte de sus pies con vertientes como ríos secos en época de sequía, piel reseca, sin piel, músculos rojos, sin sangre, huesos con rastros, sin dureza, sin poros: calcinación. Antes de los escombros, en el pueblo, aquí mismo donde estamos parados, se erigió la iglesia más alta de la tierra. Yo tocaba las campanas para despertar, avisar sobre la misa o buscar compañía en los entierros. Muerto ninguna fantasía, muerto nadie te quiere. Y ya ves, sólo queda parte del altar donde los perros callejeros se cubren del agua cuando la tormenta viene y lo que fue la cruz donde Jesús se sacrificó por nosotros. Se suicidó para evitar. Evitarse el dolor. Salvarse a sí mismo. Maldito egoísta.

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Espera, ya es hora.  Y el último esfuerzo fue un grito que transcurrió sin tiempo por las ondas, como voces remotas ya sin fuerza. El intento de eco en las entrañas, rebotó e incrementó su aullido por el encierro, se hizo más fuerte, arrasó con los tímpanos y al metamorfosearse, en vez de ser un escape; el camino para la huida del pésame, el descanso no eterno, fraguó fantasmal al despejar el moho de la oscuridad y atravesó las grietas de la sordera. Y el intento por salvar reminiscencias de la condena, fue discordia y destrucción. Caos que emergió al mundo prometido y llegó hasta los oídos de las urracas.  El no estoy muerto, ¡volveré! Se desfiguró aplastado.

El cuerpo o la posibilidad, el alma o la energía, la memoria o el atrevimiento, los recuerdos o la salvación. Dejaron el infierno. Niebla que inundó la noche y junto con los truenos, el tarareo incesante del hola y el adiós, el te extrañaré y el no me olvides, las despedidas del encuentro que consiguieron fugarse a los sueños. A los sueños de las tonadillas alondras al treparse la luna a intemperie, tonada de luz, a los sueños que giran soles candentes y salvan destinos.

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El ataúd cayó, se raspó, quitaron las cuerdas y la montaña que se levantó minutos antes, donde los niños ya habían construido un castillo de tierra negra e incluso plantado una de las rosas blancas, volvió a caer, al fondo, para cubrir su hueco vacío. Porque el cuerpo, ya descompuesto, había dejado sus restos en el pretérito ardor físico de consumirse en las calderas del rescoldo. En las brasas de …aún hay más… porque la forma es la excusa del soplo, del instante en el que las urracas realzaron vuelo hacia lo desconocido.

 Cristian Prieto A

Taraxacum

Anexo:

“Tantas veces me borraron, Tantas desaparecí, a mi propio entierro fui,
sola y llorando” (…)

A la hora del naufragio
y la de la oscuridad
alguien te rescatará
para ir cantando.

 Cantando al sol como la cigarra…

Maria Elena Walsh.

Mi universo amparado por el lomo de un rinoceronte comiendo piña,

                             Barquichuelo para naufragios,

Cantándole ¡Oh amarillo! a sus girasoles.

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