Jo’o

En el centro un remolino en detención, de hendidura y extensión desconocidas, hecho con piedra barrosa adherida al suelo, similar a un cántaro sin voz ni agua, a espera del desierto o  el espacio adecuado para el cadáver saturado de gusanos, fermento, para las próximas moscas sobre los pétalos de rosa. Vendaval sin fuerzas de color rojo, rosa o amarillo, sin blanco en los entierros de la oscuridad acompañados por la luna, marchitándose. 

A los lados, unas herraduras plateadas de caballo alado tal montañas de niebla en vuelo, atadas a la luz nocturna para la suerte del destino, y en el centro del centro, un humano sin ropajes despierto a la hora de dormir, en espera de su primera vez: enamoramiento, festejo de los dioses sin causa, latidos que yacen sin calor ni abrigo y el carcomer que todo lo destierra a la soledad.

[Se sabe bien que cuando se tiene el primer sueño despierto, pronto se acercará el barco con su vela, que siendo surco de olas, se mantiene atado al caos de la zozobra en una tormenta marina, al viento invisible que calma las hojas para dar orientación, a ese mismo viento que impulsa hacia la orilla del otro lado y hace de la espuma la sospecha por la repetición. Antes ya hubo algo o alguien y antes también, y el ahora, debe estar en algún lugar].

Solitario a la espera de los primerizos rayos del naciente sol, tumbado por la debilidad de su carne, con la mirada hacia la lejanía, respirar facilitaba a sus ritmos cardíacos alimentar el corazón, de la poca sangre que permanecía adentro bajo presión y de la que se salía al divertimento de la tierra, sembrada rojiza sin violencia ni detención. El tiempo enfuscado y la vida alegre en su liberación, hacían de la madrugada el anhelo de quien permanece encarcelado, busca la llegada del primer gorrión anunciando un día menos para la trampa mortuoria y un día más para el silencio, quebrantado por el recién nacido.

Afuera, en uno de los múltiples universos, un destello alucinó con permanecer en quietud y calma, en ser una estrella de la esperanza, pero sin suerte el destello que fue dado a la velocidad, para los deseos de la vela en consumación y su cera apropiada para los ritos religiosos, el miedo a la noche y un apagón de electricidad, debía correr tan rápido que lo recordarían como esa distracción amnésica manchada de luz difícil de olvidar. Como ese último reflejo de la historia del abismo y sus nombres, que descienden a la guerra por evitar llegar al final y quedar perpetuos junto a los huesos y los cráneos y la desaparición. Malditas estrellas fugaces.

Lo que permanece ya murió. Las estrellas, manchas del cuerpo celestial, en el alto de su distancia infinita y duración eterna, se mezclaron al cuidado de una vista ignota y empezaron a descender y a moverse casi a ritmos de la barbarie, de la fecundación. Lo que fueron luces de un papel de sombras, se tornaron fantasía de los bailes en la atracción. Titileo inalcanzable y otro, como aparición cercana a los sueños, permitió que por un instante, tan perecedero y fútil, las estrellas inmortales para los hombres y las luciérnagas tan cotidianas, fueran lo mismo: la esperanza de vivir. Acorde a la huida de la noche y los primeros cambios, el esplendor del insecto bioluminiscente y las estrellas que continuaban con su luz, en el fondo inaccesible, se apagaron y regresó la apariencia, el verdor de lo putrefacto y el dolor sin escondite. Con poco aire en el pulmón. 

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En el centro del centro, una marea sobre mis ojos, ganas de vomitar al vacío la nada e incomprensión del desasosiego por querer moverme sobre la tensión. Párpados abran sus miedos y permitan que las venas de mis escleras enrojezcan la mirada, sin lágrimas, detengan los lagrimales y guarden su tristeza en mis adentros que son lo único que nos quedan, borroso, el sol se ha vuelto borroso y sus destellos los anunciantes del cielo nublado. Ya no los abran más, me siento inútil al ver y no sentir, al soñar y no poder levantarme. Ábrete boca que viene algo grande.

El grito despertó a los animales que sin prisa decidieron continuar con; la búsqueda de alimento, el acecho a las presas, garras y dientes perfilados, carne viva, rojiza, nutritiva, podrida lista al llamado de los buitres y el vuelo del sobreviví; regresó a sus cuevas, nidos o caminos, a su naturaleza, la nuestra, de la que no pedí y me dieron en borbotones de sentidos, sensaciones y mi boca para volver a gritar y mis oídos para destilar sordera y mi nariz para sentir el humo del fuego que se aviva gutural en mis adentros, que clama salir a pesar de su ceguera. 

Y arriba, en los altos desniveles del viento en altamar, de los anhelos por elevarse junto o encima de alas mamíferas, peludas, inventadas mariposas, polvorosas y de aves plumíferas, nacidas para dejar sueltas las posibilidades en contra de la gravedad y sus plumas caer, con el atrevimiento de quien juega la broma de morir o no, nacer o no, permanecer, al perderse la importancia cuando el sinsentido da orden a la partida. Dejarse llevar. 

El esfuerzo por escapar dio inicio al temblor que hizo a las formas enemigas de la intuición. Transversales al horizonte, unas gotas pendían balanceándose en la telaraña, que se sostenía en las paredes cada vez más grietas que no habían sido tocadas desde el primer rescate a la libertad, con sus hilos de seda, que habían sido tejidos para atrapar y proteger ante cualquier riesgo el amor. 

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La materia se desbordó junto con sus montañas; el cielo, las nubes, los árboles y sus pájaros, el suelo y su miserable cansancio de acoger a la mentira. Mientras el cuerpo sin ropaje, lacerado por los castigos del engaño de quien se plasma en una ilusión, se lastimó por la sinvergüenza de querer correr en contra de la cómoda certeza, de lo evidente y dado con facilidad, para vivir sin tiempo ajeno, colgarse al cuello la soga y con la merecida calma de quien toma en sus manos el tiempo, se lanzó al suicidio del cobarde extraño que busca salvar lo propio.

Justo al mismo tiempo, como si de vidas paralelas y conexiones ancestrales se tratara, cayeron las gotas dentro del remolino que volvió a girar. Lágrimas, al descubrir una atmósfera similar, lágrimas, al ver aparecer de nuevo el abismo. En el centro unas semillas de diente de león sobrevolando, la señal de otro cuerpo en descomposición atrapado, lejos, más lejos que todas las estrellas, con la fuerza del sol y el enigmático respaldo de la luna, a punto de morir por la falta de comprensión.

Los párpados se abrieron y una explosión que abarcó la fuerza del amor hacia lo desconocido, puso en aprietos la norma del espantado, se pintó el ambiente de gritos en estado de escape y la frontera entre el ayer y el hoy, el fue, será y podrá ser, se derrumbó para dejar ver que sólo cuando se entrelaza lo moribundo, con poca vida, frágil al haber soltado su posibilidad, renace la existencia. 

 

 


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