Condenado a la ceguera

_o la imposibilidad de olvidar_

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Entró. Con dificultad para mantenerse, al borde del escenario, frente a miles de rostros sin mirada, sin detención, en estado de condena perpetua a la ceguera, se quedó estático en la cuerda. Faltaban pocos segundos para que las fibrillas, que sostenían juntas su cuerpo atadas de lado a lado, se soltaran, soltaran todo el peso que lo mantenían sobre la muerte.  Él, con dificultad para mantenerse podía caminar, por las esquinas ya rotas, por el centro agujereado o el vacío sin suelo o continuar en la cuerda. Su destino no cambiaría con su decisión, ahora estaba a punto de morir, como antes. Se había firmado el pacto, pronto podría regresar a su casa o irse de mendigo a la ciudad.

Antes de entrar al helicóptero que lo retornaría “a la libertad”, bostezó. Se lo llevaron de nuevo. Un vaho que exhalaba espíritu en lucha por sobrevivir. Saliva sin cuidado, en una boca sucia, con mal olor y unos dientes amarillentos, que anhelaban, hace un par de siglos por un pedazo de comida. Carne roja, pescado, pollo al curry, que le habían dado hace un rato y le seguirían dando mientras estuviera encarcelado, antes de salir, hasta que su situación legal fuera solucionada quién sabe por quién. Su vida no le pertenecía. Su situación de haber pertenecido a lo innombrable. Su silencio mortal. Su culpa. Lo llevarían de regreso a donde todo empezó: libertad.

Abrió los ojos. Un lugar oscuro alejado de los restos ajenos. Con mantarrayas que surcaban las telarañas, intentando atrapar su presa por entre la bruma y los huesos enterrados ayer, con arañas en su lomo, entristecidas por la falta de mosquitos, moscas o algún insecto maldito que consumiera lo putrefacto. No estaba seguro si quería vivir. Se derretía cuando hacía calor sin sol, sin día, sin esperanzas. Su abrigo robado a la fuerza de una casa, en la tarde que llegaba a su fin, antes de acabar con la familia que dormía adentro, tenía lana de oveja cosida. Lo acaloraba demasiado. Solo había una pequeña ventana con barrotes, afuera ni paisajes ni campos perfumados, sino otra pared con un bombillo lleno de mugre. Era lo más lejos que había alcanzado en años con su mirada. Al regresar con los demás, verlos de frente, con atención al finito, una voz de señorita estudiada les decía que pronto quedarían libres.

Sus bellos de la piel se levantaron. Esa mañana decidió salir a la calle. La gente le huía, le corría, le gritaban, lo rechazaban. En realidad nadie lo miraba, era invisible. No le importaba, daría los pasos que nunca había dado, llegaría hasta la fuente del centro y observaría al palomar en baño. Hace tanto no podía respirar. Un temblor, a modo de un mal sueño, recorrió todo su cuerpo. Estaba solo. Los bombillos de las farolas, a punto de fundir su último rayo de luz, le iluminaron el camino hacia el fondo. Iba dejando atrás su pasado, las calles que recorrió de niño, su peluquería favorita donde la silla era un carro y las tijeras, punzantes, amenazaban con quitarle las puntas de su pelo. No lo soportaba. Ni que le cortaran el pelo, ni que lo amenazaran con un filo. Ni que lo golpearan en el colegio, ni que fueran violentos con él.

Antes de terminar su recuerdo, mientras caminaba por inercia, sin perderse o golpearse con algún impedimento callejero a oscuras, apareció un perro, negro, una sombra a lo lejos, aplausos y risas un eco, carcajadas en burla, dos ecos, silencio tres ecos, nervios fríos, un sudor en la espalda. Sonidos de balas. Miedo, mucho miedo, de ser quien le había desprendido los ojos a tantos. En pose fetal no quería abrirse más, tampoco despertar. Le fastidiaba la compañía de quienes habían sido sus compañeros. Volvió a dormirse. Sus manos llenas de sangre y por fin algo de calor, que se dejaba llevar como su bostezo hambriento, a lo alto. Inmortales se levantaban los humos del infierno. Quería lavarlas, no había agua, nada con lo que limpiarse. Pureza, agua pura en las manos, en el cuerpo, en el perdón. Quería algo de calor nocturno, algo de comer y una compañía arrasada de su vagido, como él. Muerto en vida o alguien que lo entendiera sin juzgarlo. Una cucaracha, ratas, de la podredumbre lo recorrían. Todo había sido un sueño y su realidad la pesadilla. Seguía en el encierro desconocido. La luz del bombillo lleno de mugre, entraba sin pedir permiso a través de los barrotes que se proyectaban al suelo. Ni suponer ser un asesino en serie le agradaba como antes. Nunca le agradó. Nunca quiso serlo.

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¡Despierta! En círculos que lo rodeaban, cada vez más amplios, al girar sobre su mirada, el remolino tomó su forma. Cada vez más violento empezó con la destrucción. Una vez se enamoró de alguien que lo miró a los ojos. También, encendió varias velas en su vida. Unas para mostrarle el camino a las almas en pena y otras para mantenerse menos helado en el campo de muerte. De abajo hacia arriba, sin medir la cantidad de olvido, la casa de su infancia se levantó, perdió los cimientos y se fue para siempre. Sus juguetes. Los árboles donde dormían las aves. Sus zapatos. Sus cobijas. Hasta el machete con el que se cortaba la mala yerba.

Su huracán se lo llevó todo. En él se encontraba su madre ya enferma de soledad. No alcanzó a notar si el brazo, la pierna o el cuello se le desprendieron primero. Ni tampoco qué lo dolió más. No la volvió a ver después de ser llevado junto con ella. A su padre nunca lo conoció, no tuvo hermanos, ni abuela, ni primos, ni amigos, nada excepto la compañía de su madre. Nació en medio de la nada. Pobre. El día más feliz de su vida ella le cantó feliz cumpleaños. Mijo espero que cumplas todos tus sueños y nos saques de esta miseria. Le había preparado una torta con jugo de naranja y regalado una camiseta con la bandera de Colombia. Sentía tanto orgullo de llevarla para todas partes. Era el símbolo de pertenecer a un lugar, por más violento e injusto que fuera.

Un día, como tantos en el calendario, para quien no diferencia los meses de los años, de vivir en el campo, con tranquilidad, tocaron la puerta. Andaban en búsqueda de jóvenes. Se lo intentaron llevar y al final, lo lograron. ¿A dónde se lo llevan? ¡Hijooo! No me dejes aquí. No se lo lleven, no tengo a nadie más. Mamá, no me iré. Se soltó, retornó a darle un abrazo. La marea se eleva, esta noche nos hundiremos, hagan sus plegarias. Regresaré, te lo prometo. Barcos sin vela. No te vayas. Un mar. No me iré. Profundo. El cuadro pintado sin artista era el siguiente: madre e hijo abrazados, su casa de barro con tejas de zinc oxidadas ardía en llamas de impotencia, de la injusticia propia de quien no aprendió a hablar. Los objetos se consumían y gritaban con voces antes no escuchadas. Los animales, todos, sin excepción, se quejaban con dios. Ladraban, mugían, silbaban. Silban los pájaros que pueden volar sobre la tierra. Ellos no, eran humanos, caminaban. Por desobedecer y no irse a tiempo, en sus propios ojos, una explosión se la llevó, se desvaneció sus fuerzas, un abismo apareció y cayó al suelo junto con el cuerpo muerto de su madre. Surcó en la sangre de la desmemoria momentánea ¡Hijooo! No me dejes aquí. Murió de repente con su madre.

Les hizo caso y se fue con ellos, con los hijos de la penumbra, esos que hablan antes de que termine la historia de una madre y arrasan hasta los pétalos de rosa cubiertos de espinas propias de quien defiende su belleza. Callan el silencio, porque lo que tocan, al instante, termina.

Las paredes pegajosas, con una mucosa extendida, sin saberse de su color verde o amarillento por falta de luz, emanaban un olor desconocido. Suspensión en la breve tormenta olvidada por la lluvia. Estruendoso el ruido en el que se quedó, atrapado sin salida, por el miedo de saltar y encontrarse frente a un espejo.  El agua, aire, la vida, no existían. Ya no, no para él.

¡Es hora de levantarse, nenitas! Les dijo el comandante. ¿Quién lo habría puesto ahí? Se preguntó.  Ayer, por caminar tanto, las botas de caucho le habían formado cayos en sus pies. Por lo menos era de los pocos que aún tenía piernas. Hace poco a un compañero le habían salido volando hacia el cielo al que ya no podía entrar. De tronco para abajo no le había quedado nada, excepto sangre y dolor. Lo tuvieron que dejar botado, no hubo tiempo para entierros ni despedidas. Seguía vivo cuando le tuvo que dar el balazo, por orden de alguien más. Su vida no le pertenecía.

No quería levantarse. Aún era de madrugada y debían recoger sus cosas antes de ser vistos. Un cementerio de fantasmas, los muertos ya se salvaron. Ellos no. Buscaban sin encontrar y escapaban con temor de ser vistos.

El día que por primera vez había utilizado su metralla, lo seguía a todas partes, susurrándole culpas. En cadena, como al marchar de la fuga. Se acercaban. No podía respirar. Su pálpito iba a salir del cuerpo, corazón. Amor. Con eso siempre lo relacionó. Su corazón era amor. Detrás de la maleza algo o alguien se movía. ¿Retrocedía a la vergüenza de no saber defenderse?, ¿se tiraba al suelo a llorar en brazos de su madre?, ¿levantaba el arma que no sabía utilizar? Estaban más cerca las luciérnagas, ese brillo le encantaba. Luz inevitable, la vida. Se desconcentró. Apareció un rostro, otro rostro asustado como el suyo. Dominado por los mandamientos de la guerra: con lentitud, propia de quien detiene el tiempo, retuvo en su memoria, paso a paso, cómo alistar el arma: quitarle el seguro, acomodarla, apuntar y… hasta el extremo de no dejarse llevar, se enredó, pávido con trémulo tacto, por no poder agarrar nada en sus manos.

Enmudecido: sordera de no poder asesinar una vida. El ruido descendió al mundo como una turba. Faltaban unos minutos para que llegara el amanecer y todo terminara. Esa madrugada el sol no quiso salir y después de apuntar, como quien le canta a la luna con aire inocente, salió veloz una cantidad incontable de balas de su metralleta. La que le habían prestado para que hiciera bien su trabajo. Que no era suya, por su puesto. Fue prestada por el comandante, por petición de la pobreza en la que había nacido. Esa fue su primera vez, era lo único que nunca olvidaría, incluso después de morir en la muerte muerta.

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En vista de caer a la siguiente condena

colarse por la ventana de quien sueña:

libertad por escapar

con victoria de la guerra,

de quien gana al perder

sin querer hacerlo.

 

Esta historia vencida, se quedó en su estrecho

de soledad. Donde se encontraría consigo mismo,

asustado, un campesino al que la guerrilla lo arrebató por años

y ahora, entre pactos de los que triunfaron, de los vencedores,

lo soltaron como perro callejero:

que no tiene qué comer

ni a dónde ir, ni mucho menos ladrido propio.

 

Esta noche es larga y el olvido se volvió un privilegio,

De quienes fueron dueños de sus recuerdos

De quienes decidieron vivir

Sin ser asesinados

ni asesinar.

Recordé una conversación que tuve con un ex guerrillero que ahora vive en Ciudad Bolívar, Bogotá. En la que me decía: le tengo miedo a la falsa libertad que nos ofrece el proceso de paz. Porque quien asesina, por petición de otros, ya no será más libre.

 

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