Carcaj

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Aún existes adentro, en mis recuerdos. Si retorno a donde quedó lo sucedido, no podría verte más… si lo intentara mis adentros desaparecerían y los restos harían del cementerio su hogar. Ya no importa… mentiré. No me queda salida, se me acaba de asignar un destino. Destino al que le fallaré sin duda para conocerte, pero cuídame aunque ya no esté. Pronto escucharás el sonido, te lo prometo.

La única bombilla del pueblo se apagó. El día no había vuelto, la noche tampoco.

Siendo espejos del universo que replicaban reflejos, se observaron, para que, por fin, antes de la caída, ya no fueran las cenizas sino el humo del cigarrillo que fumó la noche que se conocieron y se elevó a la nada. Y le dio sentido a nadie, quien recordaría para escapar de la muerte, traer invisible, ante la franqueza de la historia, estúpida historia, la esperanza del encuentro y el incesante reencuentro.

Y el sonido del espejo antes de ser choque contra el resplandor guardó silencio.

Aún el abismo era invención del riesgo, de algunas partículas de polvo que cayeron de las fotos. Cuando el sol se ocultaba de la foto, esa única foto que cayó, que se convirtió en el paralelo del espejo, aún sin romper, que tuvo la suerte de doblegar el alcance de un impreso humano, antes que la luz del día trajera oscuridad, al intentar, con poca fuerza, forjar el reflejo e inevitablemente, resquebrajarlo.

 

 

El sonido fue un estruendo que se abrió paso por el vacío, traspasó el umbral del orden, al dejar escapar por el agujero un recuerdo, una voz sin tiempo. Cuando rozó el espejo con la superficie, abajo donde el olvido desintegra la ilusión, el lugar quedó nocturno.

Sobre los fragmentos del espejo se desparramó por doquier el tiempo en su último reflejo, que se resistía a quedarse sin luz para no perder los sentidos, en los que alguna vez, por estar frente al horizonte la vida acontecía. El mundo quedó atrapado a falta de memoria.

Del reflejó quedó polvo, que se esparció sin llamado alguno, con naturaleza de quien se ubica en el punto inicial. Polvo estelar de una luz que se escapó.

Estrellas guardianas de los sueños, ahora brillarán ocultas.

Escuchaba mosquitos a mi alrededor. No quise despertarme. A las afueras del borde convivían mis sonámbulos. Me daban miedo. Yo, por los otros, cambié mi piel sin que lo notaran. Desobedecí. Ya no eran mosquitos, no venían por mi sangre, estaban floreciendo las luciérnagas, que ahora brillarían ocultas.

¡Regresa experiencia!

Sumergido en el impreciso instante, en el resquicio de la locura, porque antes de estar aquí sentado a la escucha de las risas que llegan, provenientes de un niño, y que se van junto al llanto, su llanto, que con el regaño de la madre que grita “nadie dijo que fuera fácil aprender a volar, por eso nosotros no lo hacemos”, desapareció en las manchas del asfalto por un raspón. Juro que fue como un golpe en la cabeza. Murió antes de lo esperado.

¡Abuelo!

Una laguna, ubicada en el centro, rodeada de árboles en un otoño que no logró atrapar más hojas, cuando los niños jugaban en el parque y yo podía sentir, porque esto se trata de sentir.

¡Anciano!

¡Universo, cuéntame ya! Que debo irme pronto, antes de morir.

Entre los ladrillos, en cascadas de arena, las estructuras inmortales se debilitaban. Algo las atacaba. El lugar donde crecí, donde escuché mi nombre, donde supe quién era, ya no estaba.

Antes de que sucumbas, estructura sagrada, permíteme dar un suspiro, un taraxacum que vuele mensajero lejos de aquí, quiero agradecer, quizá conocerle.

Sólo quedaba la cúpula mayor integrada por máscaras que nadie no quiso utilizar. No lo conocí, pero me enteré de sus historias, mi abuelo, el universo, me las contó antes de regresar aquí.

Nadie, en su destino de hombre confabulado, fue convertido en secreto para que esta creación se mantuviera siempre al borde del descubrimiento, para su destrucción, constante, aparición de lo que alguna vez.

  

Fui deprisa por mi carcaj.

Era la última con la que atacaría mi destino. Saqué la flecha, apunté bien alto, en dirección del único agujero que tenía la cúpula, por el que la luna aparecía a medianoche y despejaba mis sombras. Con su relámpago apunté todas mis fuerzas, como si la dirección del vuelo importara más que el impulso.

La flecha en dirección tras la estela de luz se preparó para partir a la incertidumbre, si no lo hacía, la falta de movimiento los aniquilaría y sería imposible siquiera pensar o sentir. Y esto se trata de sentir.

Llegarás pronto a la nada con nadie, mi querida última flecha y yo, dejaré mi soledad, mi querida soledad. Ustedes máscaras, llegó la hora de adquirir un rostro, sepárense, ahora están con vida.

Nuestro pasado se desplomó con la destrucción sagrada.

Los milagros acontecen cuando, en contra de la realidad, una flecha sobrevuela con dirección y sin fuerza a las afueras que no lograré conocer.

Maté mi destino, la flecha quedó clavada en el borde de los sonámbulos.

Libertad: o el faro que trajo consigo la palabra, un intento antes de partir, con un respiro profundo que desestabilizó el universo, porque en ausencia nadie me espera sin flechas, sin posibilidades.

La falta, también llamada esperanza, al estar en riesgo de ser atrapada se desparramó, y la sangre manchó las telas, y en el camino surgió la niebla, así que los párpados, culpables de la ceguera, cerrados, se detuvieron.

Lo sucedido quedaba adentro, en el tal vez algo de este lugar, quizá tú, que aprietas los puños para pedir perdón, con esa mirada que celosa, por mi despiste, observa el suelo, se detiene para cruzarse con la mía, logra desplomar y poner en huida directa mi poca capacidad de orientación, que late tan deprisa con una ilusión inexistente, como mi vida, al resumirse en las cenizas del cigarro que tanto buscaste esa noche. Esa noche que nos conocimos.

El absoluto espacio, todo, se detuvo por un sonido, una voz.

El sonido, terminó convertido en el estruendo que hizo caer el espejo, que hizo a su vez caer las fotografías y entre la infinita cantidad de imágenes probables, el sonido fue tan preciso que le permitió a la fotografía con el taraxacum en vuelo, tan sólo a esa: la encarcelada por siglos, que rozara como reflejo con el último rayo de luz, que a su vez derrumbó la creación y la última cúpula sin tiempo.

Te lo prometo, no será nuestro corazón el que sangre, recuérdalo…

El tiempo se reunió en un sonido… Sus anhelos hicieron a deshora el grito posible, que en forma de energía, marcó sin descanso el antiguo reloj que se detuvo al quedar suspendido, roto, al no poder medir los intervalos, ni las estaciones exactas de los prófugos, ni su mirada, tampoco el momento exacto de la partida ni el encuentro.

La falta de límites al ser infinitos.

El sonido, una voz, cantó por primera vez su melodía de tristeza, duelo, vergüenzas. Felicidades, resistencias, ilusiones. Esperas, muchas esperas… con las respuestas de las almas: el amor.

     nunca se olvida:

          Por la sordera generalizada nadie lo pudo escuchar

                     Y fue posible el escape, sin máscaras. 

                                  Así que los párpados, abiertos, le dieron paso a la estrella fugaz.

      Para que esta cayera en un montículo de luciérnagas.

 

Recuerda: cuando sientas algo muy fuerte, que no conozcas, que nunca, en apariencia habías sentido y que le dé sentido a lo desconocido, deja latir tan fuerte tu corazón para que logre cantar un estruendo, un sonido, una voz. La nuestra, la de todos. Para que no desaparezcamos.

Y fue el espejo, diré, el reflejo en tus ojos lo que me hizo recordar.

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Recuérdame.

 

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