Sombras relámpago

2

¿No es acaso un criminal cada transeúnte de la callejuela que yace bajo la ciudad en llamas?

3

Entraron al pasillo.
Sus pasos, encharcados de sangre, liberados en la gloria sin zapatos, fragmentaron los trozos de vidrio restantes de la explosión. Fueron el ruido, chasquido tras chasquido, del charco y los saltos por evadir la ruina. Rojos los suelos. Negros los intentos por hacer de la libertad una bandida. Hace un rato se había fracturado un tubo de aguas putrefactas. Rojas las ratas en su pobredumbre. Negras los restos de cuerpos en descomposición. Hace un rato fueron el escondite de la maldad.

Flotan los muertos, surcan los vivos, atraviesan las esquinas ocultas de una ciudad desterrada en llamas. Bajo la civilización yacen los entierros de un olvido cualquiera: el muro que separó la memoria, entre el destino de los cuerpos aparte y la simulación de un sueño, de las cenizas implantadas por la desaparición y el aturdimiento por una fantasía errada. Fantasía de quien dispuso su tiempo para la eternidad. Errada de quien escapa de la vida.
Se detuvieron.

Cualquiera, sin orden aparente, es el cimiento oportuno del lugar equivocado, del encuentro que no sucedió, de la condena oculta. De vivir en plena sinrazón. De la moral quebrantada, del cristo violado, del religioso violador. De invertir los deseos para hacer del sufrimiento ajeno la pieza clave de la felicidad. Del sexo carnívoro y el gemido por enterrar el objeto punzante.

Asesinos, aquellos que aceptaron una golpiza del antiguo régimen. Asesinos, los santos que encubrieron la inquisición, quema de mujeres y el intento en su locura, asesinos que rezan cada mañana en plegaria porque desaparezcan los pobres. Nadie, en suma, puede ser llevado sin culpa a la camilla de hospital. Asesinos, aquellos que robaron su tiempo y aquellos que lo detuvieron. Asesinos, aquellos que tuvieron miedo ante la enfermedad humana, ante el amor y un corazón que late. Asesinos, los médicos con su anestesia y los criminales con su cuchillo. Asesinos, aquellos que resistieron al respirar.

89

Dejaron atrás la detención para continuar.

Aquellos que dejaron el mundo atrás por el pasillo con su víctima de la noche, corren descalzos, ante la prisa de llegar al cuarto de operaciones antes de una nueva mañana.

Van de prisa el secuaz y su doctor.

Asesinos, aquellos que durmieron y aceptaron, al descansar, el exilio de quien busca un refugio del terror cada noche.

Todos rastreamos nuestro propio camino y en sus vertientes un refugio como escape.

Duerme la víctima de esta noche sin saber que su cuerpo pertenecerá, como los recortes del olvido, a otros cuerpos en plena fragmentación. Semejantes a los vidrios rotos del suelo que cayeron, aniquilados, luego de la explosión.

Cuerpos despedazados que luchan cada mañana por atrapar sus partes, prestadas, por otros que luchan cada mañana por descansar del arrebato diario. El sinsentido de la lucha apareció cuando la piel fue lo más profundo.

Humareda de los vivos contaminantes. Cenizas sin dueño regadas en pleno centro urbano. Muertos. Y los árboles que dejan atrapar sus hojas por el viento. Y los sueños. Y los recién nacidos. Y los pedófilos.

Observo
subjetividades
en la callejuela.
Del fetiche por tomar en mano propia un cuerpo desechado.
Deja en su pecho tu recuerdo, le mencionó temeroso el secuaz a su doctor. Como un enamorado que se recuesta para escuchar un ritmo. Como un ladrón de órganos. Como un asesino.

Permítele la sensación de ser eterno                                                                                 Dioses
o el quebrantamiento de las cadenas                                                                     somos dioses.
o el fuego de una sensación imaginada
como cualquier otra,                                                                                                         intuición
como nosotros,                                                                                                                          faltos
como la víctima de esta noche.                                                                              de la totalidad

y sus partes,
para componer
una pesadilla
corporea.

11
Convivimos en plena aceptación carcelaria. Algunos le dicen crecer, otros, darse por vencido.

La gotera proveniente de alguna grieta, marcaba el paso del segundero, para caer en el abismo, en suspenso, de cada réplica que hacía temblar al secuaz aturdido por los minutos. Tan solo le funcionaban sus oídos. En su mano izquierda, con cicatrices mal curadas, algo de pus y cayos, bajo un tatuaje borroso de su enumeración, apretaba con su fragilidad el crucifijo asignado antes de cada operación.

Sufría de esquizofrenia y alzheimer. Tembloroso y sin retención de sus experiencias, no tuvo infancia, ni juventud, ni vejez. Sólo era la sombra de alguien más con una bata blanca cual cirujano o científico inocente. Inocencia por el descubrimiento. El secuaz era el encargado de dar el rostro al paciente y gritar las órdenes del doctor.

Encendieron tres velas. No se llevaría a cabo ningún funeral sino una cirugía a corazón abierto. La luz era escasa.

Copia de 12

La víctima de la noche abrió los ojos. Estaba desnudo y atado, de pies y manos, a una camilla y a un lugar desconocido. Abrió la boca. Intentó gritar, no podía. Intentó romper las cadenas, pero eran más fuertes que él. Intentó romper en llanto, pero no tenía lágrimas. Lo único que tenía era miedo. Sin pensarlo demasiado optó por suicidarse. Tomó aire por última vez y antes de elevarse, pidió perdón por sus pecados, aguantó, aguantó un rato más, le impidió a sus pulmones funcionar. Nada sucedió, excepto lo inesperado: volvió a respirar. Algo o alguien a su alrededor le impedía morir en calma.

El doctor notará que intentas escapar. No te equivoques, le susurró al oído una sombra, mientras le quitaba su pelo sudado con una mano maltratada al lado izquierdo de la camilla. De repente descendió por el umbral de la oscuridad el rostro que le había hablado. Se sintió acompañado. Con una sonrisa deforme y permanente, con tan solo unas muelas restantes para masticar, salió un hedor de su boca. No parpadeó. Al parecer no tenía párpados. Ni ojos. Ni identidad. A su derecha notó de reojo otra presencia. No diferenció rasgos de su cara. En cambio, vislumbró un pecho desnudo y cosido, con pieles de diferentes orígenes, unas más oscuras que otras remendadas con afán quizá por su compañero sin ojos. Por simple lógica descubrió que se trataba del famoso doctor.

Salió del trance al sentir que el ayudante pasaba su mano áspera por su pecho. Lo observó. Intentó moverse al sentir asco por percibir una mirada sin ojos. Al darse cuenta que el ayudante colocaba su oreja sobre su corazón, que latía a la velocidad adecuada para un paro por excitación, dio unos cuantos movimientos bruscos que golpearon a quien lo consentía.

La sala tembló con una voz gruesa, antes desconocida y poco acoplada al semblante del ayudante enfadado, con dos palabras que hicieron eco: está listo. Bajó la cabeza y en susurros le dijo al paciente que ya podía escapar.

5.1

En la sala de cirugía el médico no tenía brazos y el ayudante era ciego.

Las sombras, cuerpos remendados de la oscuridad, retrocedieron.

Una mano, extremidad de un exilio, apareció con un filo.

El arma letal, fue puesta justo en el centro de su pecho que reaccionó con un sobresalto e hizo deslizar el bisturí ingrávido por el paciente.

La zona del corazón fue capullo de la cortadura. La piel envoltorio del dolor.

4

Su desayuno devuelto le limpió, en corrosión absoluta, las heridas que se alimentaron en plena hambruna al absorberse a si mismas, sin curación. Tal quejido, al sentir los jugos gástricos en su piel rompecabezas, irritó al ayudante que rozó con suavidad la superficie, le soltó un brazo al paciente, recogió el arma y la puso de nuevo en el pecho.

La punta quedó clavada sobre su grito, ¿sordo?

Fue física pura la que atrapó los ecos de su dolor. Gritos que nadie escucharía, al ser silencios desesperados que antes fueron ruido en contención y mucho antes, hicieron posible su encierro. Un rostro que ya no conoce su reflejo.

8

Alguna vez, lejos de aquí, muchos, que no lograron surcar océanos, en plena guerra, se quedaron atrapados a la orilla, para siempre. Memorias del mar rojo. La mentira de escuchar las olas atrapadas en una concha que se le arrebató, a los flujos y su vaivén, de un linaje masacrado. Asesinos, aquellos que nacieron humanos.

6.1

Confusión.
Los cortes, se fueron acomodando por capas al son de la carnicería. Se regaban dispersos por un suelo, una succión de alcantarilla, un entierro en las aguas negras que discurren suspendidas, entre el encierro y la libertad. Como las tripas que se atoraron en las rendijas antes de bajar por la desaparición, para detener la cañería y evitar perder sus partes, inundar la esperanza y alcanzar al celeste descanso, cual polvo infame que encubre los impulsos nacientes de las ruinas, en semejanza a cuerpos sembrados luego del estallido, que atorados en la arena, no alcanzaron a tocar su partida en el mar, pero donaron sus fluidos al baile para hacer del aguamarina un rosáceo perecedero. Como partes que se retuercen aún sin ser restos neuronales, como nubes que se disipan en un atardecer: que saltan unas encima de las otras, simulan subir por la ruta del sol, para aplastarse, ser sangre sobre sangre nocturna, riñones, que suplican perdón al ser materia revelada ante la fragilidad humana, páncreas en sinfonía, espacio sobre espacio de los acordes, con el pulmón que sacó las voces de una boca, tripas sin canto, que fallecieron al quedar atrapadas en desafino. Vida al ser eco o vómito devuelto, en el miedo de abrirse por la mitad para escapar a la nada.
Instrumento sonoro.

Le tocó al paciente abrirse paso por su cuerpo destrozado, que aún levantaba las almas para cantar materia. Las primeras lágrimas de la noche limpiaron su rostro restante. Apariencia finita, encarnada en la belleza de ser una cortadura, un cuerpo incompleto.

10

 

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